La obra
maestra
Álvaro Yunque
El mono cogió un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una
sierra, lo dejó allí, y, cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:
-¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice
yo.
Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin
distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra
maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el
cóndor, porque él era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver
que aquello solo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos animales lo que
había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que
camina no creer al que vuela.
FIN
En el
insomnio
Virgilio Piñera
El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas,
como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un
cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las
tres de la mañana se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no
puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a
fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tilo y que apague la
luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude
al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se
duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los
sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es
una cosa muy persistente.
FIN
La
confesión
Manuel Peyrou
En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville
mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente
confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución
le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de
vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la
cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me
torturarían.
FIN
Epitafio
de una perra de caza
Petronio
La Galia me vio nacer, la
Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi
belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y
perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras
cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por
la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de
mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado
amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor
que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis
ladridos. ¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora,
un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.
FIN
Tranvía
Andrea Bocconi
Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia
sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó;
ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su
saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”
FIN
Te
quiero a las diez de la mañana
Jaime
Sabines
Te quiero a las diez de la
mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con
todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o
a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida
o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte
sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte,
cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo
dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay
otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú
vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos
metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y
te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco,
en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me
preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante
mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
FIN
Natación
Virgilio
Piñera
He aprendido a nadar en
seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse
pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano.
También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad
deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos
hinchemos.
No voy a negar que nadar en
seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la
muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza
uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana
y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos
censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones.
Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en
seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un
pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.
FIN
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